sábado, 12 de agosto de 2017

Prólogo de Monseñor Villepelet, obispo de Nantes.

     Como indiqué en la entrada 1 del blog, soy muy escrupuloso con el asunto de las aprobaciones eclesiásticas en todo lo relacionado con las revelaciones privadas, especialmente en una época en la que parece que salen dos o tres videntes por barrio cada poco tiempo...

     El caso que nos ocupa es especialmente singular porque la aprobación del diario se obtuvo estando aún Gabriela en vida, de hecho, precisamente por ello se trataba de un primer tomo que recogía una serie de años, editándose el segundo libro tras fallecer ésta. El responsable de tal aprobación y consiguiente autorización fue monseñor Jean-Joseph Villepelet, quien fuera obispo de Nantes (Francia), desde 1936 hasta 1966.


     Es por esto, y por hallarse incluido en la primera edición impresa del diario,  que me satisface enormemente poder transcribir aquí el exquisito prólogo redactado por Monseñor Villepet. Intuitivamente preciso, sabiamente iluminado, monseñor ha redactado el prólogo perfecto que yo nunca hubiese sido capaz de escribir; de modo que copio, y dejo que el lector se deleite:

     "Durante cosa de medio siglo han venido circulando varias publicaciones de "diarios íntimos". Casi se podría pensar en algo así como una nueva “invasión de los místicos”, según la expresión del Abbé Bremond.
Podríamos citar, entre los más conocidos, los escritos de Lucía Cristina, los de la Madre Luisa Claret de la Touche, los de Sor Isabel de la Trinidad, los de Sor Anselma, los de Elisabeth Leseur, los de Sor Josefa Menéndez, así como las páginas reunidas bajo el título "Cum clamore Valido", sin olvidarnos del más célebre de todos esos escritos, la "Historia de un alma" de Santa Teresa del Niño Jesús.
 Con todo esto, ¿será oportuno añadir todavía otro "Diario Intimo", que no lleva otra indicación fuera del título, breve y expresivo, de ÉL Y YO?
 Lo que distingue a ÉL Y YO de todos esos libros hermanos, es que su autora no parece vivir entre los muros de un claustro ni llevar una vida sedentaria, ni siquiera la vida quieta de una madre de familia entregada a su hogar. Los horizontes de este libro no son algo así como el ámbito de un pequeño jardín cerrado, sino que las notas espirituales se van como regando a través del mundo entero. Se trata de las notas espirituales de una mujer de mundo. Por todos los caminos de Francia, y más allá aún, desde Montreal a Argel, de Roma a Quebec, de Kairuam a Palerma; a bordo de un ferrocarril o en barco o en carro; lo mismo en el metro que en el teatro, Él, el Divino Compañero, se hace presente de continuo a un alma atenta que se recoge y escucha, y esto no obstante las mil distracciones a que se ve continuamente expuesta. Si, como lo dice la Imitación de Cristo, “los que viajan mucho rara vez se santifican”, la conversación entre ÉL Y YO es una excepción a la regla.
 Esta es la razón de que para nuestros contemporáneos, que viven en el seno de  una civilización complicada y enemiga del recogimiento, mediante estas páginas alcancen el valor de un verdadero "testimonio", ya que demuestran que no es en manera alguna imposible mantenerse en el sentimiento de la presencia de Dios en toda clase de situaciones.
 Porque de hecho, todo debería servir como un escalón para subir hasta Dios. Nos vienen a la mente los deliciosos actos de un Olier en su "Jornada Cristiana" para todas las circunstancias de la vida: "Cuando uno sale el campo, cuando ve el sol, la tierra, las hierbas y las flores y los frutos; o cuando se oyen cantar los pájaros o se ve obligado a bajar de una carroza." No es probable que la autora de ÉL Y YO haya nunca conocido los escritos de Olier, y sin embargo, los toma por su propia cuenta y a su manera; multiplica las observaciones, y las lanza rumbo al cielo como flechas. En su vida agitada y errante, la autora sabe detenerse ante humildes paisajes para descifrar en ellos las huellas de la Sabiduría, la Potencia y la Bondad De Dios; una gaviota que vuela por encima de un navío, los geranios en un jardín, rosas que se marchitan, incluso los escalones desgastados de una vieja escalera: todo lleva en sí un mensaje divino para quien sabe escucharlo. Este hábito de percibir lo Invisible en lo visible es precisamente lo que los autores espirituales llaman "la oración continua", la plegaria del corazón; “constante disposición de amor de Dios”, según el decir del Padre Grou, “de confianza en Él, de una sumisión a su Voluntad en todos los acontecimientos de la vida; atención continua a la Voz de Dios que se hace oír en el fondo de la conciencia y nos sugiere sin cesar pensamientos de bondad y perfección; una disposición en que deben estar todos los cristianos, disposición en la que se han encontrado todos los santos, y que viene a ser como la médula de la vida interior...”
Ahora bien, es esta disposición lo que ÉL Y YO nos presenta y nos induce a adquirir en términos de lo más felices, y en un lenguaje admirablemente adaptado a las tendencias espirituales de hoy. Muchos de los Dirigentes de Acción Católica, de esos que encuentran siempre difícil asociar la contemplación de María con las actividades de Marta (aunque bien comprenden el sentido de “lo único necesario” como la condición indispensable de todo apostolado fecundo), encontrarán la familiaridad con Dios en estas páginas ardientes; y mediante ellas podrán a su vez contribuir a que se haga verdad una bella palabra de la Beata Angela de Foligno, cuando dijo que “un alma que vive contenta en Dios repone en sus Manos el Orden Universal.”

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